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Lumen Literario

David Haro: allí donde el silencio también cuenta historias

En los detalles de lo cotidiano, en aquello que parece menos importante, justo allí donde casi nadie se detiene, se encuentra David: un hombre que sabe descubrir lo que guarda el silencio.

Conversamos con él y, poco a poco, nos fue revelando fragmentos de su vida. Cuando no está imaginando y creando historias, está resolviendo inconvenientes y ayudando a otras personas como abogado, un trabajo que le permite estar rodeado de gente, algo que disfruta especialmente.

Pero las letras llegaron a David mucho antes de que imaginara que algún día ocuparían un lugar importante en su vida. Fue durante la adolescencia cuando comenzó a crear historias y mundos propios. Lo hacía bajo pseudónimo, en blogs y espacios de internet, movido por una idea que todavía parece acompañarlo: construir una historia, lanzarla al mundo y permitir que viaje hacia otras personas, que permanezca en ellas incluso después de haber cerrado la página.

A pesar de aquellos primeros pasos, David nunca llegó a considerarse escritor. No fue hasta que comenzó a escribir Tierra que devora cuando algo cambió. Comprendió entonces que ya no escribía únicamente por pasatiempo; la escritura había empezado a ocupar un lugar más profundo en su vida.

Le interesan especialmente esas historias que no terminan cuando se cierra el libro, sino que dejan una pregunta abierta, una reflexión que continúa acompañando al lector. Para David, la narrativa tiene esa capacidad: acercarnos a los conflictos humanos, mirarlos desde otro lugar y, quizá, comprender algo de nosotros mismos en el proceso.

Su interés por contar historias nace, en buena medida, de aquello que suele pasar inadvertido. De lo que ocurre mientras, aparentemente, no ocurre nada.

“Siempre me ha interesado más lo que una acción provoca por dentro que la acción en sí misma.”

“Una conversación que nunca llega a producirse. Alguien caminando solo por una calle. La luz encendida en la ventana de una casa desconocida” agrega.

Pequeños instantes que pueden contener una historia entera.

Para David, escribir se ha convertido en una herramienta para poner palabras a aquello que muchas veces permanece escondido: el miedo, la culpa, las renuncias y esas pequeñas decisiones que pueden cambiar una vida.

A medida que avanzaba nuestra conversación, nos habló también de lo que significó escribir Tierra que devora. El proceso creativo le enseñó que hay cosas que deben dejarse atrás: escenas que no encuentran su lugar, ideas que, por mucho que nos gusten, no terminan de encajar en la historia.

Escribir también le enseñó a ser valiente. A dar ese salto incluso cuando la mente y el corazón indican que quizá sería más sencillo permanecer en tierra firme.

Y esa valentía también aparece en sus personajes. A veces tienen que enfrentarse a decisiones incómodas, hacer aquello que quizá el propio autor no habría elegido para ellos. Porque una historia, cuando comienza a respirar por sí misma, también exige dejarla avanzar.

Cuando el amor aparece entre las ruinas

Al hablar de la inspiración detrás de Tierra que devora, David vuelve a una idea que parecía tener clara desde el principio: quería construir una historia de amor no convencional. Un amor que, en cierto modo, no llega para salvar.

Pero en su novela esa idea se transforma.

Sus personajes atraviesan un momento crucial, rodeados de confusión y de circunstancias que escapan a su control. Y entonces aparece la DANA como escenario de fondo: un mundo que se desmorona mientras dos personas intentan comprender qué significa amar cuando ya no queda nada que controlar.

Porque Tierra que devora no es solamente una historia de amor. Es, sobre todo, una historia humana. Una historia atravesada por la memoria, la pérdida y esas decisiones que, a veces, llegan demasiado tarde.

Durante la construcción de la obra, David tenía claro aquello que quería transmitir al lector. Sin embargo, nuevas ideas, emociones y caminos fueron apareciendo durante el proceso, transformando también aquello que había imaginado al principio.

Quizá ahí reside una parte de la escritura: en descubrir que una historia puede terminar diciendo algo que no sabíamos que necesitábamos contar.

David quisiera que, después de leer Tierra que devora, algo de ella permaneciera. Una emoción. Un sentimiento. Una pregunta. Una imagen que regresara inesperadamente a la memoria.

Algo que se quedara en la mente y, sobre todo, en el corazón de quien la leyera.

Al final de nuestra conversación, cuando hablamos de sus sueños como escritor, David no habló de cifras ni de reconocimientos. Su deseo parece pertenecer a un lugar más íntimo:

“Mi mayor sueño no es alcanzar una determinada cifra de ventas, sino construir una obra que merezca permanecer.”

Y tal vez sea precisamente eso lo que persigue David cuando escribe: encontrar, entre los detalles que casi siempre pasan desapercibidos, aquellas historias capaces de permanecer.